Desde hace años, llevo corriendo maratones y practicando triatlón. No es una anécdota de fin de semana: es una forma de vida que me ha enseñado que preparación, disciplina y autoconocimiento son la base del éxito, ya sea en una carrera de 42 kilómetros o al frente de un equipo en una gran empresa.
Cuando planifico un maratón, empiezo por fijar un objetivo —en mi caso, bajar de 2 h 50 min— y desglosarlo en KPIs semanales: ritmo por kilómetro, volumen de kilómetros, entrenamientos de fuerza y series de velocidad. Necesito tres meses de preparación estructurada: días de series largas para asimilar la fatiga, entrenos de cuestas para ganar potencia, sesiones de gimnasio para fortalecer el core y, además, cuidar cada caloría de mi dieta y cada hora de descanso. La propia bioquímica de mi cuerpo dependerá de esa rigurosa ingeniería personal.
La lección es sencilla: al igual que en el asfalto, un directivo debe trazar su plan a medio y largo plazo. No basta con encender la pantalla del ordenador y sentarse a esperar que las reuniones fructifiquen por arte de magia. Hay que establecer metas realistas, prever obstáculos, medir resultados intermedios y ajustar la estrategia a diario. Si te saltas una sesión crucial de entrenamiento para el maratón, lo notarás en el kilómetro 30; si tu gestión adolece del mismo descuido, lo pagarás en el próximo comité, cuando los resultados no aparezcan.
Pero más allá de la obligada disciplina mental y organizativa, el deporte aporta un componente vital que va mucho más allá de la simple estética o la resistencia física: beneficia la salud neurológica.
El cerebro, la gran máquina en mantenimiento
Durante décadas, creí que correr solo servía para liberar endorfinas y bajar el nivel de estrés. Hoy sabemos que cada carrera, cada serie de cuestas o cada kilómetro de natación estimula procesos neuronales que mejoran la memoria, el razonamiento y la capacidad ejecutiva.
En un meta-análisis de 2023 sobre funciones cognitivas en adultos sanos, se observó que el ejercicio aeróbico incrementa la cognición general y mejora la función ejecutiva, mientras que el entrenamiento de fuerza potencia la memoria a corto plazo y la velocidad de procesamiento de información (pubmed.ncbi.nlm.nih.govbjsm.bmj.com). Otro estudio reciente en The Lancet señala que el ejercicio de resistencia modula procesos neuroprotectores, como la producción de neurotrofinas (factores de crecimiento nervioso) y la vascularización cerebral, lo que reduce el riesgo de enfermedades neurodegenerativas y fomenta redes neuronales más eficientes (thelancet.com).
Incluso actividades de baja intensidad, como caminar a paso ligero o practicar tai chi o yoga, han demostrado beneficios tangibles en memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva. Además, el entrenamiento de fuerza —tan ligado a mi preparación en gimnasio— contribuye a regular la glucosa en sangre y mantener un entorno bioquímico que protege al cerebro de daños por estrés oxidativo (nypost.com).
En suma, un directivo que corre, pedalea o nada con constancia no solo gana piernas y capacidad aeróbica. Gana creatividad para resolver problemas complejos, aumenta su resiliencia mental y prolonga la agudeza de su mente más allá de lo que cualquier PDF de “productividad corporativa” podría conseguir.
Entrenar cuerpo y mente: un binomio inseparable
Llegar a la meta de un maratón —esos 42,195 km que humillan al orgullo con la crudeza del agotamiento— exige más que fuerza muscular. Según mi propia experiencia, requiere aprender a “engañar” a la mente, a reconocer cuándo el cuerpo dice “basta” y tú debes responder “sigue corriendo, no hay dolor, no hay cansancio, falta menos”.
Del mismo modo, un directivo productivo necesita un plan de trabajo sólido, pero también un “plan de recuperación” que contemple horas de sueño reparador, pausas activas y una dieta rica en nutrientes. Los estudios señalan que dormir al menos siete horas diarias ayuda a consolidar la memoria procedural (la que se usa para habilidades aprendidas) y restaura funciones ejecutivas que el estrés laborar degrada con sorprendente rapidez (pubmed.ncbi.nlm.nih.gov).
La dieta de un corredor no es caprichosa: se basa en macronutrientes que optimizan la síntesis de neurotransmisores, reducen la inflamación sistémica y mejoran la oferta de oxígeno al cerebro. Un directivo con la mesa repleta de ultraprocesados y sodio por encima de lo recomendado —aunque sus KPI financieros aparentemente cuadren— acabará pagando el peaje: fatiga, irritabilidad y —en el peor de los casos— un bajón cognitivo que le impida ver la jugada rival a tiempo para reaccionar.
Riesgos de descuidar la salud: el maratón que no ves
Hay un momento en la preparación de una carrera en el que el corredor se detiene, mira al horizonte y nota cómo flaquea la motivación. Son días grises en los que la pereza empuja a dejar de correr y a refugiarse en la comodidad del sofá. He vivido esa tentación: un dolor en la rodilla que se convierte en excusa, una mañana fría con ganas de quedarse en la cama o la familia pidiendo “que descanses un día más”. Pero aquel “descansar un día más” se transformó en una semana, y luego en un mes. Cuando quieres volver, la lesión te recuerda que todo retroceso cuesta más.
Lo mismo ocurre con el directivo que sustituye horas de deporte por horas extra en la oficina: el estrés y la falta de oxígeno al cerebro van mermando su lucidez. El insomnio aparece, la dieta se resiente, la eficacia en las decisiones cae y, al final, la “excedencia de salud” llega sin previo aviso.
En mi caso, he comprobado que, en los días posteriores a una tirada larga, mi mente toma mejores decisiones, mi estado de ánimo mejora y mi capacidad de análisis crece. He presentado proyectos clave justo después de un entrenamiento ambicioso o una carrera, con la claridad necesaria para anticipar riesgos y convencer a comité de dirección. No es casualidad: el vínculo entre esfuerzo físico y rendimiento cognitivo está refrendado por la ciencia.
Pautas para que el deporte deje de ser un mero hobby
1.- Diseña un plan. Así como un maratoniano no sale a la calle sin un cronograma de entrenos, un directivo no debe improvisar su rutina física. Fija tres días de ejercicio semanal (mínimo 45 min) que combinen aeróbico, fuerza y flexibilidad.
2.- Integra entrenos cortos en tu jornada. Si las reuniones se acumulan, párate cinco minutos cada hora para estiramientos o caminar. Este “pausa activa” mejora la circulación cerebral y reduce la tensión muscular.
3.- Cuida el descanso. Programa alarmas para irte de la oficina a una hora razonable. Dormir de 7 a 8 horas al día es tan imprescindible como el informe del comité a comienzo o fin de mes.
4.- Vigila la nutrición. Evita los ultraprocesados y apuesta por proteínas magras, grasas saludables (pescado azul, aguacate, frutos secos) y carbohidratos complejos. Tus neuronas lo agradecerán.
5.- Escucha a tu cuerpo. Si sientes fatiga persistente o malestar, no lo ignores. Una lesión o un pico de estrés mal gestionado puede apartarte de la parrilla profesional más que una zancadilla corporativa.
Estas pautas no son un capricho de gurú del bienestar. Son recomendaciones avaladas por organismos como la Organización Mundial de la Salud y las más prestigiosas universidades: el ejercicio regular mejora el metabolismo cerebral, reduce la inflamación sistémica y facilita la liberación de BDNF (Brain-Derived Neurotrophic Factor), factor que promueve la creación de nuevas conexiones neuronales y protege contra la pérdida de tejido gris asociada al envejecimiento.
Reflexión final: el líder que se cuida, lidera de verdad
En carreras y corporaciones, la diferencia entre llegar a la meta o quedar descolgado está en la resistencia mental que solo un cuerpo bien entrenado y descansado puede sustentar. Ser directivo no es un sprint de 100 metros, sino el maratón más exigente: decisiones a diario, reuniones interminables, presión constante y un reloj que no perdona. Si no alimentas tu cuerpo y tu mente, el desgaste llegará como una avalancha y, cuando quieras reaccionar, tus neuronas ya estarán pagando el precio del abandono.
Pero también existe la alternativa: aquel que entrena, planifica y respeta sus horas de descanso sabe que cada kilómetro recorrido en la pista se traduce en decisiones mejor tomadas, en reuniones más productivas y —lo más importante— en un reflejo de honestidad intelectual. Porque un líder saludable no puede mentirle a su equipo: sus actos, sus palabras y su coherencia personal hablan más fuerte que cualquier nota de Excel.
Porque para un directivo, el deporte no es un capricho: es el salvavidas que sostiene al navegante en medio de la tormenta.