El jefe veleta y otros animales de moqueta

La semana pasada, en una cena con amigos, tuve la suerte —o la imprudencia, que a veces son la misma cosa con distinta corbata— de sentarme al lado de un buen amigo director de Recursos Humanos. Uno de esos tipos que no hablan de personas como quien habla de “recursos”, sino como quien ha visto desfilar por delante de su mesa todas las especies conocidas del ecosistema empresarial: líderes de verdad, jefes con mando en plaza, mediocres con cargo, iluminados de comité, estrategas de PowerPoint y algún que otro pirómano emocional vestido de azul marino.

 

Nos conocemos desde hace tiempo y tenemos una afición compartida, que no sé si es virtud o enfermedad: observar directivos. Hay quien colecciona sellos, relojes o botellas de vino. Nosotros coleccionamos comportamientos. Y, como todo coleccionista serio, sabemos distinguir una pieza buena de una falsificación con solo verla caminar por un pasillo.

 

La conversación empezó, como empiezan las buenas conversaciones, sin pretensión de ser importante. Un comentario, una copa de vino, una anécdota de esas que se cuentan bajando la voz, y de pronto estábamos diseccionando uno de los grandes males de muchas organizaciones: la incoherencia progresiva del directivo que dice una cosa, aprueba otra, exige una tercera y luego se sorprende de que el equipo acabe mirando al techo como quien espera instrucciones del Vaticano.

 

Hay directivos que son sólidos. Pocos, pero los hay. Tienen método, criterio, serenidad y una rara cualidad que hoy cotiza al alza: no necesitan demostrar cada cinco minutos que mandan. Saben delegar, sostener una decisión, proteger a su equipo, corregir sin humillar y escuchar sin convertirse en una veleta de feria.

 

Y luego están los otros. Los otros suelen llegar con mucho discurso sobre liderazgo, cultura, talento, empoderamiento y demás incienso corporativo. Hablan de autonomía con el fervor de un predicador de domingo, pero en cuanto alguien toma una decisión sin pedirles permiso, se les pone la cara del alcalde cuando descubre que han cambiado las farolas del pueblo sin consultarle. Quieren equipos proactivos, pero les incomoda que alguien actúe. Quieren managers fuertes, pero los desautorizan en público. Quieren transformación, pero sin incomodar a nadie. Quieren productividad, pero sin tocar estructuras. Quieren innovación, pero con la misma gente haciendo lo mismo, en el mismo sitio, con el mismo Excel y con una sonrisa de anuncio de dentífrico.

 

Mi amigo de RRHH, que ha visto más comités que un camarero de hotel ha visto cafés aguados, me decía algo muy sencillo: “El problema no es que un directivo se equivoque. El problema es que no sepa sostener lo que decide”. Ahí está la madre del cordero.

 

Pensemos en una escena bastante común. Un director encarga a un mánager un plan de acción. Le pide diagnóstico, procedimiento, calendario, responsables, indicadores, seguimiento y, ya puestos, que le ponga una portada bonita porque todo entra mejor con iconos. El mánager trabaja, ordena, analiza, propone. Presenta el plan. El director lo revisa. Le felicita. Le dice que adelante. Incluso le suelta esa frase peligrosísima: “Tienes todo mi apoyo”.

 

Conviene desconfiar de esa frase cuando viene sin manual de instrucciones.

 

El mánager baja al barro. Reúne al equipo. Explica los cambios. Define responsabilidades. Establece rutinas. Pide disciplina. Y claro, ocurre lo que ocurre siempre que alguien intenta sacar a un equipo de la costumbre: aparecen las quejas. Porque cambiar molesta. Porque ordenar incomoda. Porque medir escuece. Porque la anarquía tiene muchos defensores, sobre todo entre quienes han aprendido a vivir estupendamente dentro de ella.

 

Entonces dos o tres empleados suben al despacho del director, o le escriben, o le pillan por el pasillo con esa técnica tan española de “perdona, solo un minuto”, que suele durar cuarenta y cinco. Le cuentan que el mánager está siendo rígido, que el plan es demasiado exigente, que antes se trabajaba mejor, que esto genera tensión, que el ambiente se está resintiendo y que quizá habría que “repensarlo”.

 

Y ahí se ve al directivo.

 

El buen directivo escucha, pregunta, toma nota y dice: “El plan está validado por mí. Vuestro mánager cuenta con mi confianza. Cualquier ajuste operativo lo habláis con él. Y si hay algo relevante, lo revisaremos en el foro adecuado”. Eso se llama liderazgo. No tiene fuegos artificiales, pero funciona.

 

El mal directivo, en cambio, hace lo contrario. Llama al mánager, le cambia el gesto, le dice que “han venido varias personas preocupadas”, le reprocha que no haya gestionado bien la implantación, le pide que reúna al equipo, que pida disculpas si hace falta y que adapte el plan para que todos se sientan cómodos. Fantástico. Acaba de poner una bomba debajo de la silla de su propio mánager.

 

Desde ese momento, el responsable del plan queda políticamente muerto. Sigue teniendo tarjeta, ordenador y quizá hasta despacho, pero ya no tiene autoridad. El equipo ha aprendido la lección con una rapidez admirable: cuando algo no te guste, no discutas con quien debe gestionar; salta por encima y ve a papá. O a mamá. O al oráculo de la moqueta. Y luego nos preguntamos por qué las organizaciones se vuelven lentas, blandas y llenas de pasillos donde la gente no resuelve nada, pero comenta muchísimo.

 

La autoridad no se regala en una reunión ni se imprime en una tarjeta de visita. Se construye con coherencia. Y se destruye con una sola desautorización mal hecha. Un mánager puede sobrevivir a un error, a un mal trimestre, a una decisión impopular. Lo que no sobrevive es a un jefe que primero le encarga dirigir y luego le quita el volante en la primera curva porque los pasajeros se han mareado.

 

Otra especie curiosa es el directivo que dice delegar, pero en realidad solo reparte trabajo. Que no es lo mismo, aunque en algunos comités se confunda con entusiasmo. Delegar no es pedir a otros que hagan presentaciones para justificar decisiones que ya estaban tomadas. Delegar no es convocar a un equipo para una tormenta de ideas y aparecer con un PowerPoint que ya trae las conclusiones en la diapositiva final. Eso no es liderazgo participativo. Eso es teatro subvencionado por la paciencia ajena.

 

Hay jefes que se rodean de managers no para que decidan, sino para que confirmen. Les gusta tener alrededor un pequeño coro de voces afinadas en la escala del asentimiento. Gente prudente, correcta, educada, que sabe decir “totalmente de acuerdo” con distintos matices faciales. En esas organizaciones hay más jefes que indios, más reuniones que decisiones y más procesos de validación que sentido común.

 

Todo se consulta. Todo se revisa. Todo se eleva. Todo se comparte. Todo se alinea. Y, mientras tanto, el cliente espera, el mercado se mueve, la competencia avanza y alguien propone crear un grupo de trabajo para analizar por qué vamos tarde.

 

La falsa delegación tiene una consecuencia devastadora: infantiliza a los equipos. Si nadie puede decidir, nadie se siente responsable. Si todo depende del jefe, todos aprenden a mirar hacia arriba antes de mover un dedo. Y así nacen esas organizaciones con cuello de jirafa, siempre estirado hacia el despacho donde habita la aprobación final.

 

Después llega la incoherencia en estado puro, que es una de las formas más elegantes de perder dinero sin que parezca culpa de nadie. Pensemos en la tecnología. La empresa incorpora herramientas nuevas, automatiza procesos, digitaliza tareas, compra licencias, contrata consultores, abre proyectos de IA, crea comités de transformación y pone nombres modernos a cosas que antes se llamaban trabajar mejor. Hasta ahí, todo bien.

 

Pero cuando esa tecnología deja sin sentido determinadas funciones, nadie se atreve a tocar nada. El puesto ha perdido contenido, la tarea ya no aporta lo que aportaba, el proceso se ha automatizado, pero la persona sigue en el mismo sitio, haciendo una mezcla extraña de supervisión simbólica, informes decorativos y reuniones de seguimiento sobre actividades que ya no deberían existir.

 

Y, al mismo tiempo, la empresa contrata más gente para avanzar en tecnología. Es decir, no se gana eficiencia por un lado y se añade coste por otro. Una jugada magnífica, muy de manual de cómo modernizarse manteniendo intacto el museo.

 

No se trata de ser cruel. Se trata precisamente de lo contrario. Las organizaciones serias no esconden debajo de la alfombra los puestos que han perdido valor. Los reconvierten, los forman, los recolocan si tiene sentido o toman decisiones difíciles si no lo tiene. Lo que no hacen es fingir que la tecnología aumenta la productividad mientras nadie revisa funciones, responsabilidades, cargas de trabajo y aportación real al negocio. Porque entonces la transformación se convierte en una postal. Muy bonita desde fuera, pero con las cañerías igual de viejas.

 

El directivo incoherente suele tener además una habilidad notable para tomar decisiones pequeñas con energía napoleónica y evitar las grandes con delicadeza de notario. Decide el color de una plantilla, revisa una frase de un correo, corrige el orden de una diapositiva y opina sobre el tamaño del logo en una propuesta comercial. Pero cuando toca abordar una duplicidad, un puesto agotado, un conflicto de autoridad o una estructura mal diseñada, mira hacia otro lado y dice que “quizá no es el momento”. Nunca es el momento para quien no quiere decidir.

 

La empresa, mientras tanto, paga la fiesta. Porque la incoherencia directiva no sale gratis. Se paga en margen, en desmotivación, en talento perdido, en lentitud, en reuniones absurdas, en managers quemados y en empleados listos que aprenden una lección peligrosa: aquí no triunfa quien mejor ejecuta, sino quien mejor interpreta al jefe.

 

Y luego está la falta de humildad, ese clásico inmortal.

 

La humildad directiva no consiste en hacerse el cercano en la cena de Navidad ni en decir “mi puerta está siempre abierta” mientras todo el mundo sabe que cruzarla puede ser una experiencia religiosa. La humildad de verdad consiste en aceptar que no puedes saberlo todo, que no eres el más listo de cada sala y que tu trabajo no es brillar más que tu equipo, sino conseguir que el equipo brille más que tú.

 

Un buen director se parece más a un director de orquesta que a un solista con complejo de tenor. No toca todos los instrumentos. No corrige cada nota. No le arranca el violín al violinista para demostrarle cómo se hace. Sabe qué pieza quiere interpretar, conoce el talento que tiene delante, marca el tempo, corrige desviaciones y, sobre todo, deja tocar.

 

El mediocre, en cambio, necesita meter la mano en cada atril. Quiere controlar la partitura, el compás, el volumen y hasta la inclinación de la ceja del trompetista. Acaba rodeándose de gente que no le discute porque el talento, cuando se cansa de pedir permiso para aportar, hace una cosa muy sencilla: se va. A veces físicamente. A veces solo mentalmente, que es peor, porque sigue fichando, pero ya no está.

 

La falta de humildad genera equipos obedientes, no equipos potentes. Y un equipo obediente puede mantener una empresa funcionando un tiempo, igual que una mula puede tirar de un carro. Pero no esperes que innove, que cuestione, que arriesgue, que anticipe o que te salve cuando venga una curva. Para eso hace falta talento con criterio. Y el talento con criterio necesita espacio, confianza y una autoridad clara. No necesita un jefe voluble con alergia a la contradicción.

 

La incoherencia directiva, además, tiene un efecto contagioso. Baja por la organización como humedad por una pared vieja. Primero se agrieta la confianza. Luego se deforman los comportamientos. Después aparecen los bandos, las conversaciones de pasillo, los silencios en las reuniones, las sonrisas profesionales y esa frase tan peligrosa que se escucha en empresas enfermas: “Tú hazlo así, que es lo que quiere escuchar”.

 

Cuando una organización llega a ese punto, ya no busca la mejor decisión. Busca la decisión menos incómoda. Ya no se trabaja para el cliente, ni para el resultado, ni para el proyecto. Se trabaja para no enfadar al sistema. Y cuando una empresa empieza a proteger más su comodidad interna que su ambición externa, conviene ir abriendo ventanas, porque el aire empieza a oler a cerrado.

 

Por eso mi amigo de RRHH y yo acabamos llegando a una conclusión sencilla, casi de pueblo, que suelen ser las mejores: dirigir no es mandar mucho. Dirigir es sostener bien.

 

Sostener una decisión cuando vienen curvas. Sostener a un mánager cuando el equipo protesta porque se le acabó la barra libre de la anarquía. Sostener una estructura cuando tiene sentido y cambiarla cuando ya no lo tiene. Sostener el talento sin domesticarlo. Sostener la palabra dada. Sostener la coherencia entre lo que se dice en el comité y lo que se hace el martes a las nueve y media, cuando aparece el primer problema con nombre, apellido y cara de disgusto.

 

Porque liderar, al final, no va de tener siempre razón. Va de no convertir cada duda en un terremoto. Va de no usar la autoridad como un paraguas que se abre y se cierra según sople el viento. Va de saber que cada vez que desautorizas injustamente a alguien de tu equipo, no solo le haces daño a él: le enseñas a toda la organización cómo se sobrevive contigo. Y eso, amigo lector, es más peligroso que cualquier plan mal diseñado.

 

Las empresas no se rompen de golpe. Se van rompiendo poco a poco, en pequeñas incoherencias acumuladas. En planes aprobados que luego se abandonan. En managers a los que se les da responsabilidad sin autoridad. En reuniones convocadas para decidir lo ya decidido. En tecnologías que prometen eficiencia mientras nadie se atreve a revisar el organigrama. En jefes que hablan de talento, pero se rodean de obediencia. En directivos que quieren equipos adultos, pero los tratan como niños cuando lloran un poco. Y claro, luego llega el comité de clima laboral y todos ponen cara de sorpresa.

 

La coherencia no es una virtud decorativa. Es una infraestructura invisible. Como los cimientos de una casa. Nadie la aplaude cuando está ahí, pero todos notan su ausencia cuando empiezan a crujir las paredes.

 

Quizá por eso conviene hacerse de vez en cuando algunas preguntas incómodas. ¿Estoy reforzando a mis mánagers o los estoy dejando vendidos? ¿Delego de verdad o solo reparto tareas? ¿Tomo decisiones difíciles o me entretengo decidiendo tonterías con cara de importancia? ¿La tecnología está mejorando la productividad o solo estamos comprando modernidad a plazos? ¿Tengo cerca talento que me reta o figurantes que me aplauden?

 

Responder con honestidad puede escocer un poco. Pero tampoco pasa nada. En La Mancha sabemos que el sol cura muchas cosas, salvo la tontería grave y la soberbia mal ventilada. Y en la empresa ocurre algo parecido.

 

El buen liderazgo no necesita levantar la voz, ni convocar treinta reuniones, ni poner “personas en el centro” en todas las diapositivas. Necesita criterio, método, humildad y coherencia. Necesita directivos capaces de entender que mandar no es cambiar de opinión cada vez que alguien se queja, ni protegerse detrás de un comité, ni confundir prudencia con cobardía.

 

Mandar, cuando se manda bien, es mucho más difícil y bastante menos vistoso. Consiste en hacer lo que dijiste que ibas a hacer. Parece poco. Por eso casi nadie lo hace.

 

 

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