La lista que conviene hacer antes de contratar, asociarse o enamorarse

Hay una edad —o, para ser exactos, un número suficiente de cicatrices— en la que uno deja de creer que los mayores errores de la vida llegan envueltos en papel de lija. No. Los peores errores suelen presentarse bien peinados, con una sonrisa correcta, cierta labia de mercadillo fino y esa habilidad tan contemporánea de parecer razonables durante exactamente el tiempo necesario para colarse en tu casa, en tu empresa o en tu agenda.

 

Luego ya, una vez instalados, empieza el espectáculo. Y es entonces cuando uno comprende que los grandes desastres no siempre entran dando portazos. A veces llegan diciendo “yo soy así”, “seguro que nos entendemos”, “ya iré cogiendo el ritmo” o la más letal de todas: “no es para tanto”. Sí. Casi siempre es para tanto.

 

Hace años, en una de esas etapas en las que la vida decide hacer de auditora externa y te obliga a revisar tus propias cuentas emocionales, aprendí un ejercicio de una sencillez desarmante. Consistía en escribir, sin prisa, una lista de factores excluyentes. No las virtudes ideales de una persona. No la carta a los Reyes Magos del adulto ingenuo. No el retrato robot de alguien perfecto, que para eso ya está la literatura y los filtros de Instagram. No. Se trataba de anotar aquello que, uno a uno, debía eliminar a alguien de la ecuación a la hora de compartir vida, proyectos, negocio o intimidad. La regla era tan simple como brillante: no adaptar el criterio a la persona, sino comparar la persona con el criterio. Y ahí, en esa aparente obviedad, se escondía media sabiduría práctica que no enseñan ni en los MBAs ni en las bodas.

 

Porque el problema nunca ha sido no saber. El problema ha sido querer no saber. Todos, más o menos pronto, identificamos lo que nos desordena la paz. La mentira. La mala educación. La suciedad. La deslealtad. La vulgaridad convertida en estilo. El victimismo profesional. La arrogancia del incompetente, que es una de las formas más irritantes del folclore humano. La irresponsabilidad económica. La gente que nunca llega tarde por su culpa, nunca falla por su culpa, nunca hiere por su culpa y jamás se equivoca sin encontrar un culpable a mano para acompañar el relato.

 

Lo sabemos. Lo detectamos. Lo olemos, incluso, antes de saber explicarlo. Pero entonces aparece la necesidad, esa gran traficante de excusas, y empezamos a negociar con lo que juramos no volver a negociar jamás.

 

Necesitas cubrir una vacante y de pronto la impuntualidad “no es tan grave”. Necesitas un socio y llamas “espíritu libre” a lo que en realidad es un caos contable con piernas. Necesitas compañía y conviertes la grosería en “carácter”. Necesitas cerrar una etapa, una venta, un proyecto, una soledad, y entonces rebajas tus propios criterios con la alegría suicida de quien se quita el cinturón en medio de una curva porque le aprieta un poco.

 

Después llegan las consecuencias, que suelen tener un humor bastante negro.

 

En el ámbito profesional esto se ve con una claridad casi ofensiva. Una empresa puede sobrevivir a la falta de experiencia de un empleado. Puede formar, acompañar, corregir, enseñar. Puede incluso encauzar ciertas torpezas iniciales si hay buena materia prima: humildad, inteligencia, esfuerzo, capacidad de escucha. Lo que una empresa no puede hacer, salvo que quiera convertirse en una ONG del desastre, es confundir defectos corregibles con fallos de estructura. Y con la estructura no se negocia. No se negocia la falta de honestidad. No se negocia la ausencia de higiene cuando trabajas con clientes, compañeros o pacientes. No se negocia el desprecio por los demás. No se negocia la deslealtad. No se negocia el maltrato verbal disfrazado de sinceridad. No se negocia esa mezcla de ego, mediocridad y soberbia que convierte a algunos individuos en pequeñas centrales nucleares de desgaste humano. Sin embargo, se negocia. Vaya si se negocia. Se negocia todos los días en procesos de selección donde alguien deslumbra más por la forma que por el fondo. Se negocia cuando un directivo dice aquello de “sí, tiene un punto complicado, pero es brillante”. Se negocia cuando un comercial “vende mucho” y por ello se le tolera lo que no se permitiría a nadie más: broncas, desprecios, desorden, toxicidad, deslealtades pequeñas que luego se convierten en un incendio con factura. La fascinación por el resultado rápido nos ha hecho olvidar una verdad elemental: hay personas que producen, sí, pero destruyen más de lo que aportan.

 

Y eso también es coste. Coste en clima. Coste en reputación. Coste en talento que se marcha. Coste en clientes que perciben cosas que luego nadie quiere medir. Coste en energía. Coste en tiempo. Coste en salud. Pero como ese coste no siempre aparece con IVA desglosado, hay quien se empeña en fingir que no existe.

 

Hace poco hablaba con un profesional que me contaba lo difícil que resulta encontrar determinados perfiles para su negocio. Y mientras lo escuchaba, podía verse venir la tentación de siempre: la de moldear el criterio a la urgencia. Error. Error y medio. Porque cuando uno necesita incorporar a alguien, el cerebro entra en modo rebajas y empieza a justificar lo injustificable con un entusiasmo verdaderamente conmovedor.

 

“Bueno, habla regular, pero ya mejorará.”
“Sí, no transmite la mejor imagen, pero técnicamente sabe.”
“Es un poco desordenado, aunque tiene chispa.”
“Le falta trato, pero seguro que luego encaja.”

 

La chispa. Esa palabra tan inocente con la que se han justificado infinidad de incendios.

 

La realidad es mucho más prosaica. Cuando metes a alguien en una clínica, en una empresa o en un equipo, no contratas solo sus competencias técnicas. Contratas su manera de estar, su forma de dirigirse a otros, su nivel de cuidado, su actitud ante la responsabilidad, su relación con la verdad y su capacidad para convivir sin intoxicar el aire. Si falla ahí, el daño no se queda en ti. Salpica a todos. Al equipo, al cliente, a la marca, al ambiente y, por supuesto, a tu bolsillo, que suele ser el último en hablar pero el primero en notar las consecuencias.

 

En lo personal, el mecanismo es idéntico; solo que ahí, además del dinero, se pone en juego algo todavía más caro: la paz.

 

Hay personas que no son malas. Simplemente son incompatibles contigo. Y esa frase, que parece de sentido común, sigue siendo revolucionaria en un mundo empeñado en sostener vínculos imposibles por estética, costumbre, miedo o aburrimiento. A veces no hace falta un gran drama para descartar a alguien. No hace falta una tragedia griega, ni una traición filmada en primer plano, ni un informe de daños firmado por tres testigos. Basta un factor excluyente claro. Uno solo. Si para ti es excluyente la mentira, no necesitas ver siete mentiras más para confirmar el patrón. Si para ti es excluyente la mala educación, no hace falta esperar a que humille a media mesa. Si para ti es excluyente la suciedad, el victimismo, la tacañería moral o el caos permanente, no estás obligado a conceder una prórroga por miedo a parecer exigente.

 

La madurez, quizá, no consista en volverse más duro, sino en dejar de traicionarse con tanta alegría.

 

Y aquí conviene hacer una distinción importante: la lista de excluyentes no es una herramienta para juzgar al resto con superioridad moral, como esos seres insoportables que hablan de “personas tóxicas” con la misma pasión con la que otros comentan un derbi. No. La lista sirve para conocerse a uno mismo y para dejar de improvisar criterios en función del deseo, la urgencia o la estética del momento.

 

Porque esa es la trampa más vieja del mundo: primero aparece alguien que nos gusta, nos deslumbra o nos resuelve un problema, y después empezamos a limar la lista para que encaje. Lo hacemos todos. O casi todos. Retocamos el criterio igual que algunos maquillan un balance: para que cierre algo que en realidad ya estaba roto desde el principio.

 

Y, claro, al principio casi todo cierra. Cierra la sonrisa. Cierra la simpatía. Cierra el entusiasmo. Cierra la promesa. Cierra el “seguro que cambia”. Cierra el “a mí conmigo esto no me va a pasar”. Cierra incluso el “nadie es perfecto”, que es una frase estupenda, salvo cuando se utiliza para justificar lo que ya sabemos que nos hará daño.

 

Nadie es perfecto, desde luego. Pero no hace falta ser perfecto para no ser una mala idea. Por eso conviene escribir esa lista antes. Antes de contratar. Antes de asociarse. Antes de enamorarse. Antes de incorporar a alguien a tu círculo estrecho, a tu negocio o a tu descanso. Antes, sobre todo, de que la necesidad te convierta en abogado defensor de tus futuros problemas.

 

Y la lista debe ser concreta. Nada de vaguedades de taza de desayuno. No pongamos “que sea buena persona”, porque eso lo firma cualquiera mientras te clava la factura o la puñalada. Hay que escribir cosas observables, tangibles, verificables. Que no mienta. Que no humille. Que no desprecie el tiempo de otros. Que no convierta cada conversación en una coartada. Que no sea sucio. Que no sea desleal. Que no trate bien solo a quien puede servirle. Que no viva instalado en la excusa. Que no confunda sinceridad con grosería ni seguridad con prepotencia.

 

Lo demás ya se verá. Eso no. Las abuelas, que sabían de estrategia mucho más que media consultoría moderna, lo resumían con una frase impecable: “más vale estar solo que mal acompañado”. Y, como suele ocurrir con la sabiduría popular, tardamos décadas en entender que no era una frase resignada, sino una advertencia de alta dirección. Porque estar mal acompañado no solo es una experiencia desagradable. Es una ruina lenta. Ruina del ambiente. Ruina del criterio. Ruina del tiempo. Ruina de la confianza. Ruina de la energía. Ruina del dinero. Y, en algunos casos, ruina de esa parte íntima de uno mismo que luego tarda mucho en reconstruirse.

 

Al final, elegir bien no consiste en encontrar personas perfectas. Consiste en detectar pronto lo que no estás dispuesto a volver a tolerar. Consiste en respetar tu lista cuando llegue alguien brillante, atractivo, prometedor o aparentemente oportuno. Consiste en entender que no todo merece una segunda oportunidad dentro de tu vida solo porque la puerta esté abierta.

 

Hay personas que suman. Otras restan. Y luego están las más peligrosas: las que al principio adornan, pero al poco tiempo desgastan, dividen y encarecen todo lo que tocan. Para esas, una lista escrita a tiempo vale más que cien disculpas tardías.

 

Porque en esta vida casi todo se puede negociar. Menos aquello que, una vez dentro, te roba la paz.

 

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