Los fantasmas del pasillo y la mala hierba de moqueta

Un artículo sobre empleados invisibles, toxicidad corporativa, enchufismos y la obligación directiva de medir el valor real.

 

Hay empresas donde, si uno camina despacio por los pasillos, puede escuchar cosas. No me refiero al murmullo de una reunión a puerta cerrada ni al tintineo cobarde de la cucharilla contra el café de máquina. Me refiero a algo más inquietante: el leve arrastrar de pies de ciertos personajes que deambulan por la organización como almas en pena con tarjeta corporativa, agenda llena y ninguna responsabilidad clara. Son los fantasmas del pasillo.

 

No aparecen en los balances, pero pesan. No figuran en los planes estratégicos, pero consumen presupuesto. No tienen un KPI reconocible, pero ocupan silla, Teams, correo, comité, sala, café y, en ocasiones, hasta despacho con planta de interior. Nadie sabe muy bien qué hacen. Ellos tampoco, aunque han desarrollado una extraordinaria habilidad para pronunciar palabras como “alineamiento”, “transversalidad”, “proyecto estratégico”, “roadmap”, “quick win” y “modelo de gobernanza” sin que se les caiga la cara de vergüenza sobre la mesa.

 

Todo empezó, casi siempre, con una buena intención. Alguien los contrató para algo que sonaba importante. Un director con entusiasmo, presupuesto y una presentación de PowerPoint llena de flechas decidió que hacía falta una figura nueva: responsable de transformación, coordinador de sinergias, impulsor de cultura e innovación, facilitador de procesos, embajador de la marca, dueño del dato, pastor de unicornios o cualquier otro título con más sílabas que resultados. Luego el director se fue. El proyecto se congeló. La prioridad cambió. La organización giró hacia otro sitio. Y ahí quedó el personaje, como un mueble heredado de una tía lejana: nadie lo pidió, nadie sabe dónde ponerlo, pero todos temen tirarlo por si resulta que tenía valor sentimental.

 

Y así nacen esas zonas grises de las empresas donde se refugian los empleados sin métrica, sin impacto y sin una relación clara entre su coste y su aportación. Son como esas maletas olvidadas en los aeropuertos: inquietan, ocupan espacio y nadie quiere acercarse demasiado por si explotan.

 

La pregunta que debería hacerse cualquier comité de dirección es brutalmente sencilla: ¿qué aporta esta persona al negocio?

 

No qué reuniones convoca. No qué documentos revisa. No qué sensación de actividad genera. No cuántas veces dice “estamos trabajando en ello”. La pregunta es otra: qué cambia gracias a su trabajo. Qué mejora. Qué vende. Qué ahorra. Qué acelera. Qué evita. Qué transforma. Qué riesgo reduce. Qué cliente gana. Qué margen protege. Qué talento desarrolla. Qué proceso deja mejor de lo que lo encontró.

 

Porque una empresa no es una ONG de cargos indefinidos, ni un balneario para responsabilidades evaporadas, ni una residencia asistida para proyectos que murieron con dignidad hace tres planes estratégicos.

 

Una empresa debe ganar dinero, ser eficiente, crecer, cuidar a sus clientes, proteger a sus accionistas y ofrecer a sus empleados un marco justo donde el talento pueda medirse, desarrollarse y recompensarse. Lo demás está muy bien para un retiro espiritual en Cuenca, pero no para una organización que paga nóminas, impuestos, proveedores, oficinas, licencias, consultores y algún que otro capricho directivo disfrazado de innovación.

 

Luego está otro espécimen fascinante: el profesional de reunión perpetua. No produce nada directamente, pero está en todo. Aparece en convocatorias como las setas después de la lluvia. Se sienta, escucha, asiente con gravedad episcopal y habla poco. A veces nada. Cuando interviene, suele ser para proponer otra reunión, un diagnóstico externo o un workshop con una consultora que cobrará en tres semanas lo que un comercial decente tarda meses en generar a pulmón.

 

Estos personajes son peligrosos no porque sean malvados, sino porque son caros en silencio. No rompen nada de golpe. No cometen grandes errores visibles. No incendian la fábrica. Simplemente ralentizan. Espesan. Añaden barro al engranaje. Introducen esa niebla burocrática en la que todos caminan más despacio, nadie decide del todo y cada iniciativa necesita pasar por siete validaciones, dos comités, un análisis de madurez y una sesión de co-creación con pósits de colores.

 

La consultora llega, pregunta lo que ya se sabe, escribe lo que todos habían dicho en voz baja, lo presenta con una matriz de impacto-esfuerzo y se marcha dejando una factura y una sensación de modernidad. Después, quien tenía que implantar el cambio no lo implanta. Quien tenía que tomar decisiones las aplaza. Quien tenía que limpiar la casa coloca otro ambientador.

 

Y el fantasma, satisfecho, añade una línea a su informe trimestral: “Liderado proceso de reflexión estratégica transversal”. Maravilloso. Dan ganas de ponerle una estatua. De cartón piedra, eso sí, por coherencia presupuestaria.

 

Pero no todos los problemas de una organización son fantasmas. Algunos tienen carne, colmillo y una habilidad extraordinaria para sobrevivir a cualquier reorganización. Son la mala hierba de moqueta.

 

La mala hierba empresarial no siempre grita. De hecho, muchas veces sonríe. Lleva años en la empresa. Conoce los pasillos, los miedos, las debilidades, los bandos, los silencios y los cadáveres antiguos. No necesariamente domina el negocio, pero domina el ecosistema. Sabe a quién adular, a quién desacreditar y cuándo quedarse quieta para que la tormenta pase por encima de otros.

 

Son profesionales que crecieron en la organización como antes crecían algunos directores de banco: empezaban de botones y, treinta años después, mandaban sobre la caja fuerte, la agenda del pueblo y el destino emocional de media comarca. Aquello tenía su épica, no lo niego. Pero también tenía un peligro: confundir antigüedad con competencia, permanencia con aportación y resistencia con liderazgo.

 

La mala hierba suele tener un talento especial para apropiarse del trabajo ajeno. Donde otros empujan, ella aparece en la foto. Donde otros diseñan, ella “coordina”. Donde otros venden, ella “acompaña”. Donde otros se juegan el pellejo con el cliente, ella explica después en una reunión que “el enfoque era precisamente el que veníamos trabajando”.

 

Y si alguien destaca demasiado, entonces activa su herramienta favorita: la insinuación: “No sé si está muy alineado”; “Va un poco por libre”; “Es muy bueno, sí, pero quizá demasiado ambicioso”; “No siempre está disponible en Teams”; “Está claro que quiere crecer”.

 

Dicho así, con media sonrisa, parece casi una preocupación maternal. Pero es veneno de oficina servido en taza de porcelana. El objetivo no es mejorar la organización. Es preservar el territorio. Porque la mala hierba no compite generando valor; compite impidiendo que otros lo generen demasiado cerca.

 

Y luego, naturalmente, están los enchufados. Esa especie protegida por la legislación no escrita de algunas compañías. El amigo de alguien. El sobrino de alguien. El antiguo compañero de alguien. El recomendado de alguien. El “échale un ojo, que es de confianza”. Frase terrible donde las haya, porque en demasiadas ocasiones “de confianza” significa “no lo midas mucho, no lo incomodes demasiado y procura que no se note”.

 

El enchufado suele llegar con un salario razonablemente alto, una responsabilidad razonablemente baja y una cobertura política razonablemente indecente. Todos lo saben. Su jefe directo también. Y ahí empieza la tragicomedia: el jefe no dirige, custodia. No evalúa, protege. No exige, interpreta. No gestiona talento, administra una servidumbre invisible.

 

El daño que esto produce es profundo. No solo por el coste económico. Eso, siendo importante, casi es lo de menos. El verdadero daño es moral. Porque no hay nada que desmotive más a un profesional bueno que comprobar que el esfuerzo se mide con lupa y el privilegio con cortina opaca.

 

Las empresas hablan mucho de cultura, pero la cultura no está en los valores impresos junto a la máquina de café. La cultura está en a quién se promociona, a quién se tolera, a quién se protege, a quién se exige y a quién se perdona todo. La cultura es lo que ocurre cuando el PowerPoint se apaga.

 

Por eso, la responsabilidad del director es enorme. Y conviene decirlo sin anestesia: un director que no sabe medir a su equipo no dirige, decora el organigrama. Dirigir no es asistir a comités con gesto grave. No es reenviar correos con “por favor, revisad”. No es pedir reportes que nadie lee. No es esconderse detrás de Recursos Humanos cuando toca tomar una decisión incómoda. Dirigir es definir qué espera de cada persona, qué indicadores demostrarán que esa persona aporta valor, qué recursos necesita para conseguirlo y qué consecuencias tendrá cumplir o no cumplir.

 

Dirigir es saber que cada puesto debe tener una razón de existir. Y si esa razón ya no existe, el director tiene la obligación de actuar: recolocar si hay talento aprovechable, formar si hay potencial, automatizar si la tecnología lo permite, redefinir si el negocio ha cambiado o prescindir si no hay aportación suficiente. Lo contrario no es humanidad. Es cobardía financiada con dinero de otros.

 

La llegada de la inteligencia artificial y de las nuevas tecnologías ha vuelto esta conversación aún más urgente. Hay tareas que antes justificaban puestos enteros y que hoy pueden resolverse con automatismos, integraciones, CRM bien diseñados, cuadros de mando, asistentes inteligentes o procesos mejor construidos. Esto no significa que sobren personas. Significa que sobran excusas.

 

La tecnología no debe utilizarse para deshumanizar empresas, sino para quitar grasa, ruido y tontería administrativa. Para liberar talento de tareas repetitivas. Para convertir horas muertas en análisis útil. Para que un comercial venda más y reporte menos. Para que un mando intermedio deje de fabricar Excel como churros de madrugada y pueda pensar. Para que la empresa mida mejor, decida antes y pague con más justicia. Pero aquí aparece otro miedo: el miedo a ser medido.

 

Hay profesionales que, cuando escuchan la palabra KPI, se ponen como si les hubieran enseñado una orden de registro. Se incomodan. Alegan que su trabajo es intangible, que su aportación es cualitativa, que no todo puede medirse, que hay variables, que el entorno, que el contexto, que la complejidad, que Mercurio retrógrado.

 

Y es verdad: no todo se puede medir con la misma facilidad. Pero casi todo puede observarse con criterios razonables. Si alguien trabaja en cultura, podrá medirse el impacto en rotación, clima, productividad, adopción de procesos o satisfacción interna. Si trabaja en innovación, habrá que medir pilotos lanzados, eficiencias generadas, ingresos derivados, costes evitados o mejoras implantadas. Si trabaja en soporte, tiempos de respuesta, resolución, satisfacción y reducción de incidencias. Si trabaja en ventas, no hace falta escribir una novela: actividad, conversión, pipeline, margen, venta nueva, renovación, recurrencia, rentabilidad.

 

Medir no es perseguir. Medir es respetar. Porque cuando se mide bien, se acaba la arbitrariedad. Se reduce el politiqueo. Se protege al bueno. Se desenmascara al que vive del humo. Se recompensa al que aporta. Se ayuda al que puede mejorar. Y se toman decisiones sobre quien no quiere o no puede estar a la altura.

 

El buen profesional no teme ser medido. Al contrario: lo pide. Quiere objetivos claros, feedback honesto y un sistema retributivo coherente. Quiere saber qué se espera de él y cómo puede crecer. Quiere que su esfuerzo tenga una consecuencia. Quiere que su talento no valga lo mismo que la habilidad de otro para estar cerca del despacho adecuado.

 

Por eso todo KPI relevante debería tener una conversación retributiva asociada. Si una persona impacta en el negocio, en la eficiencia, en la rentabilidad o en la calidad, su sistema de compensación debe reflejarlo. No hablo de convertir la empresa en una tómbola de variables absurdos, sino de conectar responsabilidad con resultado. De lo contrario, se lanza un mensaje perverso: da igual aportar que aparentar, transformar que asistir, vender que opinar, liderar que sobrevivir.

 

Las organizaciones serias necesitan política organizativa, procesos claros, indicadores bien definidos, planes de carrera, sistemas de retribución coherentes y una visión honesta del talento. Necesitan saber cuántas personas hacen falta, para qué, con qué objetivos y con qué coste. Necesitan revisar puestos, eliminar duplicidades, automatizar rutinas, profesionalizar mandos y limpiar esas esquinas donde crece la mala hierba porque nadie pasa la escoba desde 2014.

 

Y, sobre todo, necesitan directores que ejerzan. Directores que no confundan bondad con permisividad. Que no escondan decisiones difíciles debajo de una alfombra llamada “prudencia”. Que entiendan que proteger la rentabilidad de la compañía también es proteger el futuro de quienes sí aportan. Que sepan mirar a un empleado y decirle: “Aquí puedes aportar valor, aquí vamos a medirte, aquí vamos a ayudarte y aquí vamos a exigirte”. Y también, cuando toque: “Esto ya no tiene sentido”.

 

Eso exige valentía. Porque es más fácil dejar que los fantasmas sigan paseando. Es más cómodo permitir que la mala hierba siga creciendo en las esquinas. Es más prudente —esa palabra tan noble y tan cobarde según quién la pronuncie— no tocar al enchufado, no incomodar al veterano tóxico, no revisar al cargo indefinido, no preguntar demasiado por el retorno de ciertas áreas vaporosas.

 

Pero las empresas no caen solo por grandes errores estratégicos. Muchas veces se deterioran por acumulación de pequeñas indulgencias. Un puesto sin sentido aquí. Un tóxico protegido allá. Un enchufado blindado. Un proyecto inútil. Una reunión innecesaria. Un proceso manual que nadie automatiza. Un director que mira hacia otro lado. Un talento bueno que se cansa y se va.

 

Y cuando el talento se va, normalmente no hace ruido. Recoge sus cosas, sonríe con educación manchega, dice que ha sido una etapa muy enriquecedora y deja atrás un hueco que la organización tarda meses en entender. Los fantasmas, en cambio, permanecen. Tienen una capacidad admirable para sobrevivir a todos los inviernos.

 

Por eso conviene encender la luz de vez en cuando y mirar bien los pasillos. Preguntarse quién aporta, quién bloquea, quién transforma, quién aparenta, quién merece crecer y quién lleva demasiado tiempo viviendo de una tarjeta con cargo pomposo y contenido gaseoso.

 

No se trata de hacer una caza de brujas. Bastante tenemos ya con las brujas reales, que suelen estar en la bandeja de entrada a las ocho de la mañana. Se trata de hacer gestión adulta. De llamar a las cosas por su nombre. De entender que una empresa justa no es la que trata a todos igual, sino la que reconoce de forma distinta a quien aporta de forma distinta.

 

Porque al final, en toda organización hay dos tipos de personas: las que necesitan oscuridad para sobrevivir y las que piden luz para demostrar lo que valen. A las primeras les molestan los indicadores, los procesos, el feedback y la transparencia. A las segundas les tranquilizan. Las primeras hablan de confianza cuando quieren impunidad. Las segundas hablan de responsabilidad porque saben que el mérito necesita pruebas. Las primeras temen al dato. Las segundas lo esperan.

 

Y ahí, justo ahí, se juega buena parte del futuro de una empresa. En decidir si quiere seguir siendo un edificio con fantasmas educados y mala hierba enmoquetada, o una organización donde cada persona sabe para qué está, cuánto aporta y cómo puede crecer.

 

Lo demás es literatura corporativa. Y de esa, amigo mi, ya vamos sobrados.

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